lunes, 11 de mayo de 2026

El Faro de las Estrellas Fugaces

 En un islote muy pequeño, donde el mar siempre estaba de buen humor, vivía Marina, la guardiana del faro más extraño del mundo.

A diferencia de otros faros, el de Marina no funcionaba con una bombilla gigante. En lo alto de la torre había un gran cuenco de cristal soplado. Cada noche, cuando el cielo se ponía su pijama de terciopelo azul, Marina subía los noventa y nueve escalones con una red de hilos de plata.

—¡A trabajar! —decía Marina con un guiño.

Su trabajo consistía en "pescar" las estrellas que se despistaban y caían demasiado cerca del mar. Si una estrella tocaba el agua salada, su brillo se apagaba para siempre. Por eso, Marina las atrapaba justo a tiempo y las depositaba en el cuenco de cristal.

Una noche, atrapó una estrella especialmente traviesa. Era pequeña, de color naranja eléctrico y no paraba de saltar.

—¡Quieta, pequeña! —rio Marina— Mañana te lanzaré de vuelta al cielo.

Pero la estrella naranja no quería esperar. Empezó a girar tan rápido que el faro entero comenzó a brillar con una luz de mil colores: verde bosque, rosa chicle y violeta caramelo. Los barcos que pasaban cerca no se asustaron; al contrario, los marineros empezaron a cantar canciones alegres porque la luz les quitaba el sueño y les daba ganas de bailar.

Al amanecer, Marina subió a la terraza del faro. Con mucho cuidado, puso a la estrella naranja en una catapulta de madera y... ¡ZAS!, la lanzó de vuelta al firmamento.

Desde ese día, si alguna vez miras al cielo y ves una estrella que parpadea con colores extraños, ya sabes qué ha pasado: es una de las amigas de Marina que todavía tiene ganas de fiesta.

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