En la ciudad de Tuercavilla, donde los semáforos bailan claqué y las farolas saludan al pasar, vivía Bibi. Bibi era un robot pequeño, plateado y muy eficiente, hasta que un día... ¡HIC!
Le dio un hipo terrible. Pero no era un hipo normal. Cada vez que Bibi hacía ¡HIC!, soltaba una pequeña burbuja de color neón que flotaba por toda la calle.
—¡Oh, no! —decía Bibi— ¡Esto no está en mi manual de instrucciones!
Primero soltó una burbuja azul y, de repente, empezó a llover confeti de menta. Luego soltó una amarilla y el panadero comenzó a cantar ópera con voz de canario. La ciudad entera se estaba convirtiendo en un parque de atracciones viviente.
El Alcalde Tornillo, que era un poco serio, llamó a Bibi a su oficina: —Bibi, tienes que detener ese hipo. ¡Las fuentes están escupiendo limonada y los gatos tienen alas de mariposa!
Bibi estaba muy asustado. Intentó beber aceite de oliva al revés, intentó contar hasta mil en código binario y hasta intentó que un imán gigante lo asustara. Pero nada funcionaba. ¡HIC! Una burbuja rosa hizo que los coches flotaran como globos.
Entonces, una niña llamada Luna se acercó y le dio un abrazo de metal frío pero con mucho cariño. —Bibi, no intentes pararlo. Solo... disfruta del color.
Bibi se relajó, dejó de preocuparse por las reglas y, de repente, el hipo se convirtió en una risa metálica y musical. Las burbujas se transformaron en un hermoso arcoíris que se quedó fijo sobre Tuercavilla para siempre.
Desde entonces, cuando alguien en la ciudad se siente demasiado serio, va a visitar a Bibi para que le contagie un poquito de su "hipo de alegría".