¡Hola! Me llamo Chiribín, y no soy un niño, ni un perro, ni siquiera un pájaro. ¡Soy un tren! Sí, un tren muy especial. No soy de esos trenes serios, negros y grandotes que van por ahí haciendo "chu-chu" aburrido. ¡No, no! Yo soy un tren rojo brillante, con ventanitas de colores y una chimenea que, en lugar de humo gris, lanza pompas de jabón que huelen a fresa. Y no solo a fresa, a veces a chicle de menta o a pastel de chocolate, ¡dependiendo de lo que haya desayunado mi fogonero!
Pero lo más, más, más divertido de mi vida es cuando viajo por mi ruta secreta. Los demás trenes van a ciudades con nombres de personas importantes, con semáforos y estaciones grandes. Pero yo... ¡yo voy al País de la Fiesta Infinita! Es un lugar donde el sol siempre brilla con luces de colores y las flores son de gominola.
Un día soleado, me desperté con el sol pegándome en mis grandes faros, que son como mis ojos. Sentía mis ruedas listas para rodar y mi caldera burbujeando de emoción. Tenía mi vagón lleno de pasajeros esperando la aventura: una familia de pingüinos que llevaban gorros de cumpleaños con pompones que les bailaban en la cabeza, un dragón pequeño llamado Flami que soplaba burbujas de fuego verde (pero inofensivo, ¡eh!, solo olían a malvavisco quemado), y un mono muy gracioso llamado Bananín que no paraba de hacer malabares con plátanos mientras cantaba una canción sobre un cocodrilo bailarín. ¡Era un ambiente muy alegre!
—¡Pasajeros al tren! ¡Próxima parada: la diversión! —pité yo con mi silbato que suena como una risa y un cascabel al mismo tiempo.
El viaje empezó normal, como siempre. Cruzamos campos de piruletas gigantes donde las abejas hacían miel de caramelo, y subimos montañas de algodón de azúcar tan suaves que las nubes se posaban a descansar en ellas. Bananín se asomaba por la ventana tratando de atrapar un trozo de nube para comérselo.
Pero, de repente, llegamos a un lugar muy, muy alto. Era la entrada al País de la Fiesta Infinita. Siempre que cruzo este portal mágico, ¡ocurre algo increíble! Es como si el mundo cambiara por completo. Las vías se volvían de un color arcoíris y las montañas parecían castillos de golosinas.
Ese día, justo al pasar el portal, el cielo se puso de un color azul súper eléctrico, como si alguien hubiera encendido mil bombillas de colores. Y de pronto, ¡empezó a llover! Pero no era lluvia de agua fría y aburrida, ¡no! Era una lluvia de confeti!
Yo iba a toda máquina, haciendo ¡chucu-chucu-CHUCU-CHUCU! Mis ruedas giraban a la velocidad de la alegría. Y mientras corría por las vías de arcoíris, miles y miles de trocitos de papel de colores (rojo pasión, amarillo sol, azul brillante como el mar, ¡hasta plateado que parecía estrellas fugaces!) caían sobre mí y sobre mis pasajeros.
—¡Wiiii! —pensaba yo (sí, los trenes pensamos, y a veces hasta cantamos canciones de cumpleaños en secreto). Sentía el tap-tap-tap suave y alegre del confeti en mi techo, en mis ventanas, por todas partes. Era como si una nube gigante de purpurina hubiera estallado justo encima de mí.
Los pingüinos, con sus gorros de fiesta, abrían la boca y los ojos como platos para atrapar los trozos dorados y plateados que caían. El monito Bananín gritaba de alegría, soltó los plátanos y empezó a usar las hojas de confeti verde como mini-abanicos para refrescar a Flami, el pequeño dragón. Incluso mi fogonero, un búho muy sabio pero que siempre está un poco dormido y se llama Sabihondo, se despertó con un sobresalto y me preguntó:
—Chiribín, ¿por qué siento cosquillas en las alas y parece que un hada me está decorando la cabeza?
—¡Es la lluvia de fiesta, amigo Sabihondo! ¡La fiesta ha llegado! —le pité yo, haciendo sonar mi silbato con más fuerza.
El confeti se amontonaba en la punta de mi nariz (la locomotora, claro) y se metía por las rendijas de mis vagones. Parecía que yo era un tren que acababa de salir de la tarta de cumpleaños más grande del mundo, decorado con los colores más vivos y alegres. Dejé una estela de colores brillantes detrás de mí que brillaba con el sol, como si hubiera pintado el cielo a mi paso.
Cuando por fin llegué a la estación de la Fiesta Infinita (donde las nubes tienen forma de globos y las bancas son suaves nubes de algodón de azúcar), mis pasajeros bajaron y se despidieron de mí. ¡Todos estaban cubiertos de confeti de pies a cabeza! Los pingüinos parecían tener trajes nuevos y brillantes, Bananín tenía los plátanos llenos de purpurina, y el pequeño dragón Flami ¡parecía un árbol de Navidad andante!
Me quedé allí, descansando, sabiendo que yo era el único tren en el mundo que había viajado bajo una lluvia tan maravillosa. Y mientras el búho Sabihondo me llenaba el depósito de vapor con un delicioso zumo de naranja burbujeante, yo ya estaba deseando que llegara mañana para ver qué sorpresa me esperaba en mi siguiente viaje. ¿Tal vez una nevada de serpentinas que se estiran hasta el cielo? ¡Ojalá! O quizás un chaparrón de burbujas de colores que no se rompen... ¡La imaginación es el mejor billete para mi tren!
¡Adiós! Si alguna vez oyes un chu-chu que huele a fresa y ves una estela de colores en el cielo, ¡quizás sea yo, Chiribín, el tren del confeti, que te está llevando al País de la Fiesta Infinita!

No hay comentarios:
Publicar un comentario