En el jardín más antiguo de la ciudad, justo debajo de un rosal silvestre, vivía Clara, una hormiga que no recolectaba migas de pan ni granos de azúcar. Clara recolectaba historias.
Pero sus libros no tenían hojas de papel. Eran pétalos de flores que habían caído al suelo después de un día de sol.
—Los pétalos de margarita cuentan historias de sueños —decía Clara a sus amigas—. Los de lavanda cuentan cuentos que ayudan a dormir, y los de girasol son crónicas de aventuras bajo el calor del mediodía.
Un día, una tormenta de verano sopló tan fuerte que desordenó toda la biblioteca de Clara. Los pétalos de jazmín se mezclaron con los de tulipán, y las historias se volvieron un lío: los caballeros de los cuentos ahora montaban abejas y las princesas vivían en castillos de polen.
En lugar de asustarse, Clara invitó a todos los insectos del jardín a una gran lectura. El escarabajo pelotero escuchó una historia de amor, y la mariposa monarca se enteró de cómo los caracoles ganaban carreras de lentitud.
—¡Es la mejor biblioteca del mundo! —exclamó un grillo mientras afinaba su violín.
Clara comprendió que, a veces, cuando la vida desordena tus planes, es porque está inventando una historia mucho más divertida. Desde entonces, cada vez que un niño pasea por el jardín y ve un pétalo en el suelo, sabe que ahí hay una página esperando a ser leída con la imaginación.