En un rincón del bosque donde las hojas nunca dejan de susurrar, vivía un duende llamado Pipo. A diferencia de otros duendes que coleccionaban monedas de oro o piedras brillantes, Pipo coleccionaba algo mucho más invisible: sonidos.
Tenía cientos de frascos de cristal en sus estanterías. Si abrías uno, podías escuchar el "¡ploc!" de una gota de lluvia al caer en un charco. Si abrías otro, sonaba el "fiuuu" del viento jugando a las carreras.
Pero un martes por la mañana, Pipo notó algo extraño. El bosque estaba demasiado callado.
—¡Oh, no! —exclamó— Se han olvidado de los sonidos pequeños.
Pipo salió con su red de cazar mariposas, pero en lugar de insectos, buscaba gestos. Caminó hasta el pueblo cercano y vio a una niña compartiendo su merienda con un gatito. Pipo acercó su red y atrapó un sonido precioso: el "purrr" de un agradecimiento peludo.
Luego, pasó por un parque donde un abuelo le contaba una historia a su nieto. Allí atrapó el "clic" de una idea nueva encendiéndose en la cabeza del niño.
Al volver al bosque, Pipo no guardó los sonidos en frascos. En lugar de eso, sopló con fuerza y los soltó todos al aire. De repente, el bosque se llenó de risas, de crujidos de hojas y de canciones inventadas.
Desde ese día, los habitantes del bosque y del pueblo aprendieron que los mejores sonidos no son los que gritan, sino los que nacen de un corazón contento.
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