lunes, 18 de mayo de 2026

El Autobús de las Nubes Invisibles

 En la parada de la calle Mayor, justo al lado de la pastelería de la señora Berta, se detenía todos los días a las ocho en punto el Autobús 101. Pero no era un autobús común de metal y ruedas de goma. Era un autobús hecho de algodón de azúcar y brisa marina.

Solo los niños que llevaban los calcetines de distinto color podían verlo.

Un martes, Leo, que tenía mucha prisa y se había puesto un calcetín rojo y uno verde sin darse cuenta, vio aparecer el vehículo. No hacía ruido de motor, sino que sonaba como un suspiro suave: “Sshhhhhh”.

—¿A dónde va este autobús? —preguntó Leo al conductor, un pingüino con pajarita amarilla.

—A donde el mapa se acaba y los sueños empiezan —respondió el pingüino con una reverencia.

Leo subió de un salto. Los asientos no eran de tela, sino de nubes mullidas que se adaptaban a la espalda. El autobús no rodaba por el asfalto, sino que desplegó unas alas de papel transparente y comenzó a subir, y subir, y subir...

Desde arriba, las casas parecían cajas de zapatos y la gente hormiguitas con paraguas. El Autobús 101 llevó a Leo a la Isla de los Objetos Perdidos. Allí encontró todos los juguetes que se le habían escapado por debajo del sofá: su canica azul favorita, el muelle saltarín y hasta aquel cromo de dinosaurio que buscó durante meses.

—Puedes llevarte uno —dijo el pingüino—, pero solo uno. Porque si te llevas todo el pasado, no tendrás sitio para lo que viene mañana.

Leo eligió su canica azul, la guardó en el bolsillo y el autobús lo devolvió justo a tiempo para entrar al colegio. Cuando sus amigos le preguntaron por qué sonreía tanto, Leo solo tocó la canica redonda y fría en su bolsillo.

—Es un secreto de altura —dijo mirando al cielo.

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