Era un día soleado, perfecto para el recreo. Estaba a punto de saltar del tobogán más alto cuando, de repente... ¡ZAS! Todo se detuvo. Mis amigos se quedaron quietos, como estatuas. La pelota de fútbol estaba flotando en el aire. Incluso el pájaro que volaba por el cielo se quedó congelado.
Al principio, no entendí qué pasaba. Intenté empujar a mi amigo Mateo, pero no se movía ni un milímetro. Corrí hacia el balón, y ¡pum!, rebotó como si fuera una pared invisible. Empecé a reír. ¡Esto era lo más divertido del mundo! Podía caminar entre todos sin que nadie me viera. Me acerqué al bebedero y... ¡el agua estaba congelada en medio del chorro!
Entonces, vi algo brillante en el suelo, justo al lado del tobogán. Era un reloj de arena pequeñito, pero no era como los normales. Las arenas de colores vibraban y emitían una luz suave. Lo cogí con cuidado, y en cuanto lo tuve en mis manos, sentí una cosquilla. Me di cuenta de que si lo giraba, el tiempo volvía a moverse, ¡pero solo por un instante!
Empecé a experimentar. Lo giraba un poco, y mis amigos daban un pequeño paso. Lo giraba de nuevo, y el pájaro movía un ala. ¡Era como tener un control remoto del tiempo! Podía hacer que todos bailaran un poco, o que el balón fuera hacia la portería sin que nadie lo tocara. Era un poco travieso, lo sé, pero era muy divertido.
Después de un rato, me di cuenta de que el recreo no duraba para siempre. Así que, con un último giro del reloj de arena, hice que todo volviera a la normalidad justo en el momento en el que iba a aterrizar del tobogán. Mis amigos siguieron jugando como si nada hubiera pasado, y yo me guardé mi secreto y mi reloj mágico. Desde ese día, el recreo siempre ha sido un poco más especial para mí.
¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!

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