lunes, 15 de junio de 2026

El Secreto del Caracol Veloz

 

En el Reino de la Hierba Alta, donde las margaritas parecen rascacielos, vivía Calixto. Calixto era un caracol, y como todos los caracoles, iba despacio... muy, muy despacio. O eso era lo que todos creían.

Un día, la hormiga Rayas, que siempre tenía prisa, pasó a su lado corriendo. —¡Date prisa, Calixto! —gritó— ¡El Gran Charco se está secando y las ranas darán un concierto en cinco minutos! A tu paso, llegarás cuando las ranas ya estén durmiendo.

Calixto no dijo nada. Solo sonrió y cerró un poco sus antenas. En cuanto Rayas desapareció tras una hoja de diente de león, Calixto susurró una palabra mágica:

¡Turbobabosa!

De repente, su caparazón empezó a brillar con un color plateado y unas pequeñas chispas salieron de su rastro. ¡ZAS! Calixto no se movía, volaba a ras del suelo. En un abrir y cerrar de ojos, adelantó a las hormigas, saltó por encima de un ciempiés y llegó al Gran Charco antes de que la primera rana afinara su garganta.

Allí, guardó sus chispas, apagó su brillo y volvió a su paso lento. Cuando Rayas la hormiga llegó diez minutos después, sudando y cansada, se encontró a Calixto sentado en la mejor piedra, disfrutando de la música.

—¿Pero cómo...? —jadeó Rayas— ¡Si yo iba corriendo y tú eres un caracol!

Calixto le guiñó un ojo y le ofreció un trocito de trébol fresco. —No es que sea lento, Rayas. Es que me gusta disfrutar del paisaje. Pero cuando la música es buena, hasta el más pequeño sabe encontrar un atajo.

Nadie más supo nunca el secreto de Calixto, pero desde entonces, las hormigas cuentan que a veces, al anochecer, se ve una estela plateada cruzando el jardín como si fuera una estrella fugaz que camina a ras de suelo.

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